Sia se separó con lentitud. Sus ojos ya no mostraban el cansancio de antes; ahora brillaban con una tonalidad cristalina, limpia y peligrosa. Sus manos emanaban una vibración fría que disipaba el calor del ambiente. Valerius respiraba con dificultad, con el rostro pálido y la frente cubierta de sudor, mientras procesaba el impacto emocional de haberse descubierto vulnerable ante la mujer que intentaba proteger.
—Es suficiente —le dijo Sia, con un tono de voz cargado con un eco de autoridad que