El estruendo de los vítores que descendía desde los niveles superiores del palacio golpeó las paredes de la cocina como una marea física de traición. Sia permaneció de pie, con los dedos todavía hundidos en la tela sucia de su falda, mientras el eco de la carcajada de Selene se desvanecía en el pasillo de piedra. El aire en la estancia se sentía cargado de humedad asfixiante que le dificultaba la respiración. Las criadas, antes firmes en su desafío, ahora se amontonaban unas contra otras con lo