El despertar del monstruo

La luz del sol golpeó los ventanales de la habitación del Alfa con una agresividad que parecía querer castigar los pecados de la noche anterior. Los rayos dorados atravesaron el cristal y se estrellaron contra la cama cubierta de seda negra, revelando el desorden de las sábanas y la piel marcada de los cuerpos que allí descansaban. El aire todavía olía a esa mezcla densa de vainilla y sangre, pero el aura mística de la luna había desaparecido, dejando en su lugar la realidad cruda de la mañana.

Valerius abrió los ojos, y de inmediato el dolor de cabeza le estalló en las sienes. El dolor era un martilleo constante que lo hizo soltar un quejido bajo. Su mente estaba nublada, eventuales fragmentos de un sueño febril donde un aroma a lluvia lo obligaba a perder el sentido le llegaban de momento. Intentó moverse, pero sintió un peso sobre su pecho. Al bajar la vista, su corazón se detuvo por un segundo antes de retomar un ritmo violento de furia pura que se apoderó de él.

A su lado, dormida y vulnerable, estaba una mujer… y no cualquier mujer.

Valerius la observó con una ira que quemaba. En la luz clara del día, mientras la observaba no encontraba en ella rastro de la elegancia que él exigía en su mundo. Vio el vestido de algodón gris, ahora arrugado y manchado tirado a un lado de su cuerpo, una prenda que gritaba pobreza. Vio la estatura de ella, tan pequeña que parecía desaparecer entre las almohadas de plumas. Pero lo que más lo enfureció fue la marca roja y palpitante en el hombro de la joven. Su propia marca.

—Levántate —dijo Valerius. El tono de su voz no tuvo rastro del susurro de la noche; era un latigazo de autoridad que llenó la habitación.

Sia se sobresaltó, abriendo los ojos de golpe. La confusión duró apenas un segundo antes de que el terror regresara a su rostro. Se sentó con dificultad, cubriéndose con los restos de su ropa, sintiendo el dolor en su cuerpo y el ardor de la mordida en su cuello. Miró a Valerius y vio al monstruo en todo su esplendor. El hombre que la había reclamado con desesperación ahora la miraba como si fuera un bicho rastrero que acababa de encontrar en su cama de seda.

—¿Quién eres? —preguntó Valerius, levantándose de la cama con una desnudez que no le causaba ninguna vergüenza, solo una arrogancia hiriente—. ¡Habla antes de que te aplaste el cráneo!

—Me llamo Sia —contestó ella, intentando que su voz no temblara, aunque el remordimiento por su madre le oprimía el pecho—. Usted sabe por qué estoy aquí. Su hermano me trajo.

Valerius soltó una carcajada cargada de veneno. Se acercó a ella con pasos lentos, su imponente estatura proyectó una sombra que devoraba la figura pequeña de Sia.

—¿Mi hermano? —repitió él con sarcasmo—. ¿Crees que soy estúpido? Caspian tiene mejores gustos que traer a una paria de los suburbios a mis aposentos. Mírate. Eres una mancha en esta habitación. No tienes linaje, no tienes casta. Eres una prostituta barata que alguien envió para intentar humillarme.

—¡No soy ninguna prostituta! —gritó Sia, la indignación le dio una fuerza efímera—. Vine a entregar una medicina. Fui capturada. Usted me marcó, usted me usó...

—¡Cállate! —rugió Valerius, golpeando el espaldar de la cama—. El único error aquí fue permitir que una basura como tú respirara el mismo aire que yo. No recuerdo nada de anoche, solo un aroma que debió ser algún truco de magia negra.

Valerius se dirigió al teléfono de la pared y marcó la extensión de la guardia. Su rostro estaba tenso, las venas de su cuello se marcaban por el esfuerzo de no destruir todo a su paso.

—Traigan al capitán de seguridad ahora mismo —ordenó—. Quiero las grabaciones de los pasillos de la noche anterior. Alguien se infiltró en mi habitación.

Sia aprovechó el momento para buscar su teléfono entre las mantas. Necesitaba saber de su madre. Por momentos recordó que Caspian se lo había quitado, y lo aventó al suelo en el pasillo donde quedó destrozado, pero recordó que tenía el dinero que le habían prometido por la entrega inicial y el trato. Buscó en su pequeña bolsa, pero solo encontró un papel doblado. Era una notificación oficial del palacio con el sello del primer ministro.

“Pago por servicios y suministros médicos: CANCELADO. Motivo: Incumplimiento de contrato y conducta deshonesta por parte del proveedor”.

El mundo de Sia terminó de desmoronarse. El sacrificio no había servido de nada. Mientras ella perdía su virginidad y su integridad bajo el peso de un Alfa drogado, el sistema que él lideraba le arrebataba la única oportunidad de salvar a su madre.

—No... no puede ser —susurró Sia, mientras las lágrimas caían sobre el papel—. Hice todo lo que pidieron. Me quedé... soporté esto...

—¿Soportaste qué? —preguntó Valerius, volviendo hacia ella después de colgar el teléfono—. ¿Soportaste meterte en la cama de un Alfa para intentar escalar en la jerarquía? No eres la primera que lo intenta, pero sí la más patética. Tu estatura es un insulto a mi estirpe. ¿Cómo se supone que alguien como tú podría llevar mi sangre?

—Yo no quería su sangre —le respondió Sia, mirándolo con un odio que hizo que Valerius se detuviera un instante—. Quería salvar a mi madre. Ustedes son los que juegan con la vida de los demás como si fueran basura. Su hermano me lanzó aquí, me cerró la puerta. Él lo planeó todo.

—Mi hermano es un guerrero, no un alcahuete de parias —replicó Valerius con frialdad—. Deja de mentir. No serás la primera ni la última que intenta envenenarme en contra de mi sangre.

En ese momento, se escuchó un golpe en la puerta, Valerius se puso una bata de seda y dio la orden de ingreso. La puerta se abrió y entró el capitán de la guardia, un hombre robusto que evitaba mirar directamente al Alfa.

—Alfa, las cámaras del pasillo este... —empezó a decir el capitán titubeando.

—¿Qué pasa con ellas? —exigió Valerius.

—Fueron borradas, señor. Hay un vacío de cuatro horas en los registros. Alguien accedió al servidor central y eliminó toda evidencia de quién entró o salió de esta ala del palacio.

Valerius apretó los dientes con tal fuerza que se escuchó un crujido. Sus sospechas de una conspiración crecieron, pero en su mente cegada por el orgullo, la única culpable era la mujer que tenía en frente. Ella era el vínculo con su humillación.

—Vete —le ordenó Valerius al guardia. Luego se giró hacia Sia.

—Usted sabe la verdad —le dijo Sia levantándose de la cama, aunque sus piernas temblaban bajo el vestido gris—. Siente el vínculo. Siente la marca. Su cuerpo sabe que no miento. Usted me llamó por otro nombre anoche. Me llamó Lydia.

El nombre de Lydia actuó como un detonante. Valerius se lanzó sobre ella, no con deseo, sino con una furia destructiva. La acorraló contra la pared fría, sus manos grandes rodeando los hombros de Sia, apretando hasta que ella soltó un quejido.

—No vuelvas a pronunciar ese nombre con tu boca sucia —siseó Valerius—. Lydia era una reina. Tú no eres más que un error que voy a borrar de mi memoria hoy mismo.

—No podrá borrarlo —dijo Sia, el sarcasmo volviendo a su voz como una armadura contra el dolor—. La marca está ahí. Pero creame, si de mí depende no lo volveré a ver más.

Valerius sintió un remolino de emociones. El asco hacia sí mismo por haber tocado a una paria se mezclaba con una rabia incontrolable hacia quien hubiera orquestado el encuentro. Pero sobre todo, sentía una profunda repulsión por la debilidad que Sia representaba. Ella era el recordatorio de que él podía ser vulnerable, de que sus instintos podían ser manipulados.

—¿Crees que por tener una cicatriz en el cuello tienes algún derecho sobre mí? —le preguntó Valerius, con desprecio, acercando su rostro a milímetros del de ella—. Eres una paria y sin manada. Nadie creerá tu historia. Si abres la boca, te haré desaparecer antes de que el sol se ponga.

—Ya perdí todo lo que me importaba —respondió Sia, pensando en el hospital—. Mi madre está muriendo porque su familia decidió cancelar el pago. Máteme si quiere. Al menos así dejaré de ver su cara llena de soberbia.

Valerius la observó. Vio la fortaleza en sus ojos azules, una chispa que desafiaba su poder incluso en la situación más miserable. Esa resistencia lo volvía loco de rabia. No podía entender cómo alguien tan pequeño y tan insignificante podía mirarlo con tanto desprecio.

—No voy a matarte —le contestó Valerius, en un tono de voz bajo, tanto que era mortalmente tranquilo, el presagio de una sentencia—. Eso sería demasiado fácil. Quiero que vuelvas al agujero de donde saliste. Quiero que vivas sabiendo que estuviste en la cima y que fuiste desechada como la basura que eres.

Él la soltó con un empujón que la hizo trastabillar. Se dirigió a un cajón, sacó un fajo de billetes y lo lanzó al suelo, a los pies de Sia.

—Toma esto y vete. Es el precio de tu silencio y de tu cuerpo. No vuelvas a pisar este palacio. No vuelvas a mencionar mi nombre.

Sia miró el dinero en el suelo. Sintió una náusea profunda. Era el precio de su humillación, el precio de una noche que la había marcado para siempre. Se inclinó, no para recoger el dinero con sumisión, sino para tomarlo con la determinación de quien necesita sobrevivir a toda costa para ver el final de sus enemigos.

—Usted se cree un dios —susurró Sia, guardando el dinero con manos temblorosas—. Pero es solo un hombre asustado que necesita gritar para sentirse poderoso. Me voy, pero no porque usted lo ordene, sino porque el aire aquí huele a podrido.

El dolor de la humillación atravesó su pecho, pero se armó de valor para demostrarle tener fortaleza, aunque él tuviera el poder de destruir a todos gracias a su linaje y a su posición de Alfa, no iba dejarle sabr cuánto la había destruido su desprecio.

Valerius caminó hacia ella una vez más, su presencia inundó de nuevo el espacio personal de Sia. La atrapó tomándola por el cuello antes de que pudiera llegar a la puerta. Su mano se cerró alrededor con firmeza, no tuvo que hacer presión, su tamaño era suficiente para intimidarla. La obligó a mirarlo hacia arriba. La diferencia de estatura era tan marcada que ella parecía una niña en sus manos, pero la mirada de Sia seguía siendo la de una guerrera herida.

Los ojos de Valerius brillaron con un destello dorado residual, un eco del lobo que todavía reclamaba a su compañera bajo la superficie del odio. Apretó el agarre, sus dedos se hundieron en la piel suave de Sia, mientras el silencio de la habitación se volvía opresivo, cargado de una tensión que amenazaba con estallar.

—Escúchame bien, paria —le dijo Valerius, en un tono de advertencia donde cada palabra cargada llevaba una promesa de muerte—. Disfruta de ese dinero. Gástalo todo en enterrar a tu madre o en ocultarte en las sombras. Porque te juro por mi linaje y por la luna que me guía que esto se acaba aquí. Si te vuelvo a ver en mi territorio, si te atreves a cruzarte en mi camino o a reclamar cualquier lazo conmigo, te arrancaré el corazón con mis propias manos y se lo daré de comer a los lobos.

Valerius la soltó con desprecio absoluto y señaló la puerta trasera, la misma por la que entran los sirvientes y las almas olvidadas. Sia no bajó la mirada. Con el cuello palpitando por la marca y el alma cargada de un odio que le daría fuerzas para los días oscuros que venían, caminó hacia la salida sin mirar atrás, mientras Valerius se quedaba solo bajo la luz del sol, destruyendo con sus manos el mobiliario de la habitación en un intento inútil de borrar el aroma a lluvia que todavía impregnaba su piel.

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