95. Imposible de disimular
Lana respiró hondo antes de entrar al salón, llevaba una bandeja en las manos, la espalda erguida y la mirada baja.
Se dedicó a servir como las otras concubinas pero se encontró con la mirada de Zoe.
Ambas se dirigieron al mismo lugar, la cocina, esperaron que todas se fueran y Lana se le acercó.
—Zoe... —susurró—. No sé cómo agradecerte por todo.
—No digas eso.
—Sí, debo decirlo —insistió Lana con la voz temblorosa—. Desde que llegué, todos me miraban como si fuera una intrusa, una hembra rota.