73. No es tu culpa
Cuando abrió los ojos, todo dolía.
La cabeza le latía fuertemente, sentía la piel pegajosa.
De repente captó el aroma de la sangre.
—¿Qué...? —susurró con la voz destrozada.
Lana se sentó de golpe dándose cuenta de que sus dedos estaban llenos de ese líquido viscoso color carmesí.
Rápidamente bajó la vista hasta su vestido que también estaba manchado.
—¿Qué es esto?
Su corazón estaba retumbando bajo su pecho y sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—¿Qué hice...?
Intento record