28. No quiero ser tuya
Eryx no se detuvo.
La arrastró con él hacia la casa de la manada, abriéndose paso entre los cuerpos que se apartaban de inmediato.
El Alfa no pedía permiso. El Alfa tomaba.
Lana sentía que se ahogaba. Su corazón latía tan rápido que apenas podía seguir caminando. Cada paso era un recordatorio de lo que acababa de pasar. Había pasado de ser la bastarda de su padre, la “ratita del bosque”, a la concubina del Alfa sangriento. Y lo peor… una parte de ella no sabía si debía temer o sentirse proteg