27. Nadie toca lo que me pertenece

El silencio era tan denso que parecía sofocar el aire mismo.

Los ojos de toda la manada iban del Alfa al macho que había pronunciado esas palabras.

Eryx no soltó a Lana. La mantenía firme contra él, como si temiera que al hacerlo, la perdería.

Sus ojos verdes se clavaron en aquel intruso con una furia apenas contenida.

El corazón de Lana se detuvo. Las palabras de su padre se quedaron colgando en el aire como un látigo, despertando un murmullo entre los presentes.

Su padre sonrió, una mueca cr
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