110. Engañó cruel
Lana abrió los ojos.
La cueva estaba iluminada por antorchas tenues.
Trató de incorporarse, pero un latigazo de dolor le atravesó la cabeza.
Gimió con los ojos apretados.
—Tranquila, tranquila, mi niña...
Una mujer se arrodilló junto a ella, tomándole el rostro con manos temblorosas.
Ella se asustó porque no recordaba nada.
No sabía dónde estaba, no sabía quién la había llevado a ese lugar, no recordaba... nada.
Su respiración se aceleró al darse cuenta.
—¿D-dónde...? —su voz sonó rota, extraña.