La calma que siguió al ataque psíquico inicial fue superficial, como una capa delgada de hielo sobre aguas turbulentas, Lía, en la vanguardia, sentía la quietud del Laberinto como la anticipación tensa de una emboscada, habían superado las proyecciones de trauma, pero el costo se medía en la paranoia de Seth y la fragilidad de Aiden.
“Avancemos, el Maestro está calibrando una nueva frecuencia,” ordenó Lía, su voz baja y concentrada.
Apenas se movieron diez metros, la niebla se cerró sobre ellos