El Mercedes negro se deslizaba entre el tráfico de Nueva York. Hacía un clima perfecto. En el interior, Dante Casagrande iba sentado en el asiento trasero, con un brazo apoyado perezosamente contra la ventanilla mientras la ciudad pasaba ante sus ojos en borrosas franjas de acero, cristal y taxis amarillos. Su chófer mantenía la vista fija en la carretera. Dante debería haber estado pensando en la reunión que tenía por delante, pero le resultaba imposible. Simplemente no podía sacársela de la c