El club empezaba a cobrar vida poco a poco, pero Sofía aún sentía el rastro del caos flotando en el aire como humo.
Se quedó detrás de la barra unos segundos, con los dedos apoyados sobre el metal frío, intentando sacudirse la tensión del pecho. Los guardias de seguridad seguían afuera lidiando con Denzel y sus amigos borrachos. Podía oír sus voces retumbando por el pasillo, el roce de zapatos contra el concreto, las últimas amenazas y advertencias.
Luego la puerta del club se cerró de golpe.
Y así, Denzel desapareció.
Sofía exhaló, larga y pesadamente.
No volvió de inmediato al vestidor. Le dio un minuto a Jasmine, por si aún tenía lágrimas, rabia o ríos de rímel que limpiar. Pero cuando al fin regresó al camerino, encontró a Jasmine sentada en el taburete frente al espejo largo, mirando la nada. Sin lágrimas.
—¿Jas? —preguntó Sofía suavemente.
Jasmine parpadeó despacio y levantó la vista.
—¿Él… ya se fue?
—Seguridad lo arrastró afuera —respondió Sofía—. ¿Estás bien?
Jasmine asintió