El suave zumbido del motor del coche llenó el silencio mientras Scott se detenía frente a la casa de Sofía. El aire de la noche era fresco, rozando su piel cuando él cambió la marcha a estacionamiento. Las farolas proyectaban largos y cálidos brillos a través de la carretera, y por un momento todo se sintió tranquilo, fácil, en suspenso. Ya era pasada la medianoche.
Él se giró hacia ella, una pequeña sonrisa tirando de la comisura de su boca. “Muchas gracias por salir conmigo esta noche.”
Sofía le devolvió la sonrisa, suave y genuina. “No… gracias a ti por traerme contigo. Me divertí.”
Y lo decía en serio.
Scott apoyó el codo en el volante, estudiándola como si estuviera memorizando su rostro.
“Encajas mejor de lo que crees.”
Ella se rió ligeramente; él no tenía idea de que ella creció en la riqueza. Había vivido rodeada de gente rica toda su vida, hasta ahora. Su madre habría conseguido uno de los cuadros más caros de la galería solo para demostrar un punto. “Tus amigos no son tan ma