La Mansión Casagrande brillaba bajo el suave resplandor de sus candelabros de cristal, el olor a rica cocina italiana flotaba desde la mesa del comedor donde Dante Andriano, su madre, Leonardo y Naya se sentaban con los niños. Todo en la habitación gritaba control, dominio, legado, excepto por la tensión que crepitaba como estática, invisible pero innegable.
Dante apenas había tocado su comida. Su atención seguía yendo hacia su padre; Dante levantó una ceja, observando a su padre inclinarse hac