La Mansión Casagrande brillaba bajo el suave resplandor de sus candelabros de cristal, el olor a rica cocina italiana flotaba desde la mesa del comedor donde Dante Andriano, su madre, Leonardo y Naya se sentaban con los niños. Todo en la habitación gritaba control, dominio, legado, excepto por la tensión que crepitaba como estática, invisible pero innegable.
Dante apenas había tocado su comida. Su atención seguía yendo hacia su padre; Dante levantó una ceja, observando a su padre inclinarse hacia adelante, la mano golpeando impacientemente la mesa mientras hacía preguntas tras preguntas a Leonardo sobre un proyecto. Preguntas, se dio cuenta Dante, sobre las que él no sabía nada.
“Papá… ¿le pediste a Leonardo que manejara este proyecto?” preguntó Dante, con incredulidad asomando en su voz.
La cabeza de Andriano se giró hacia él, los ojos entrecerrándose como dagas. “Sí, lo hice. ¿Tienes algún problema con eso?”
“No,” dijo Dante con cautela, sintiendo la tormenta gestarse.
“Mejor,” ladr