Berenice Elizalde se encerró en su dormitorio con el mismo porte elegante de siempre, pero con la mirada resquebrajada.
Tomó el teléfono. Marcó un número sin nombre guardado; solo iniciales.
—Soy yo —dijo sin preámbulos—. Es hoy. Hagan lo que pedí. Y háganlo bien.
El silencio que siguió fue espeso, casi desagradable.
Finalmente, una voz grave respondió:
—¿Está segura señora?
—Completamente —escupió—. Solo quiero resultados y nada de trampas.
Colgó. Se acercó al espejo, se miró ahí con una expre