Un lugar que nunca fue un hogar.
La mesa estaba impecable, como siempre. Los platos perfectamente dispuestos, las copas resplandeciendo bajo las luces cálidas del comedor, y los cubiertos colocados con la precisión de alguien que conoce el peso de las apariencias.
Me senté junto a Amy, quien había insistido con entusiasmo en que estuviera a mi lado en lugar de al lado de Oliver. Mi corazón se llenó de una alegría tenue, casi frágil, al ver su pequeña mano aferrada a la mía mientras se movía inquieta en su silla.
—Mami, ¿Puedo