—Deja de mirarme—le advierto sin abrir los ojos. Me acomoda un mechón de pelo detrás de mí oreja—. ¿Dormí mucho? —pregunto, abriendo los párpados despacio.
—No —Me besa la frente.
—¿Qué hora es?
—Las seis de la mañana.
—Tengo que levantarme.
—¿Tan temprano?
—Sí, tengo que irme antes que se despierte mi hija; Además, hoy le entregan las últimas cosas a Lucas de su padre y quiero acompañarlo, y con eso seguramente mañana nos vayamos —le explico vagamente.
—Entiendo —dice pensativo.
— ¿Qué pasa? —