Por la tarde…
Me giré en la cama y miré el reloj en la mesita de noche.
—Nikolai, tengo que irme.
—No.
Me giré para encontrarme con su rostro enterrado en la almohada, su voz ronca por el sueño.
—No seas un niño —me reí—. Debo regresar a mi casa.
—No quiero que te vayas.
Rodé los ojos y me senté, tratando de alejarme de él, pero su brazo me atrapó antes de que pudiera hacerlo.
—Nikolai… —suspiré—. Tengo que irme.
—Quédate esta noche.
Me mordí el labio, tentada.
—No puedo