El club Cross no olía a humo ni a vino, sino a poder. Un perfume invisible, pesado, que se pegaba a la piel y hacía que hasta el aire pareciera tener dueño. Las lámparas de cristal bañaban el salón principal en una luz dorada que no lograba suavizar la oscuridad de las miradas. Cada carcajada sonaba ensayada, cada apretón de manos era una jugada. Todo parecía una de teatro ensayada.
Blair se detuvo en la entrada unos segundos, ajustando la caída de su abrigo negro. Respiró hondo, lo suficiente