El aire del pasadizo olía a metal y humedad. Blair descendía por una escalera estrecha, con los dedos rozando la pared rugosa para no perder el equilibrio. Cada paso resonaba demasiado fuerte, como si el concreto amplificara el miedo.
No podía correr. No podía hacer ruido. No podía pensar demasiado.
A lo lejos, escuchó el eco de las voces. Órdenes secas. Zapatos que golpeaban el suelo con precisión militar.
Balmaseda ya había desplegado a sus hombres.
La puerta inferior del pasillo conducía