—Espera —pide Leone cuando Vera está por subir a su auto.
—Sé que tienes algo que ver con la huida de Everly —le refiere la pelinegra, Leone ni se inmuta—. Fuiste muy obvio ahí dentro.
—¿A caso yo soy el culpable de que la chica quisiera huir de todos ustedes? —cuestionó el italiano de traje impecable.
Vera azotó la puerta de su coche y se acercó a él con mirada culpable pero acusatoria.
—No, nadie te culpa, pero también fuiste parte del problema. ¿A caso creíste que no me enteré de que le tiraste con bombas de información a Eirikr frente a Everly? ¿Cuál era el caso de hacer eso? ¿No pudiste esperarte a estar a solas con él o simplemente marcharte? —interroga ella con precisión. Leone Visconti no se movió ni un centímetro. Podía sentir el perfume de Vera invadiéndolo todo, colándose en sus pulmones sin pedir permiso. Dulce. Peligrosamente dulce. Como un pecado que se deja mirar, pero no tocar, o como a un rico bombón que podría llevarse a la boca y devorarlo de inmediato.
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