Cuando bajé las escaleras, vi que Lucía ya estaba sentada en uno de los sillones del salón. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y me recibió con una sonrisa cargada de segundas intenciones. No sabía exactamente qué la había traído hasta allí, pero podía imaginarlo: había venido a presumir de su embarazo.
—Hermana, cuánto has tardado —se quejó, fingiendo un adorable puchero.
—¿Por qué no viniste con papá hace un rato? Lo único que consiguen es interrumpir la tranquilidad de mis días —respon