Me encantaba Antoine, sin embargo no tenía idea de cómo reaccionar en una situación como esa. Era una niña tonta de quince años a la que ni siquiera le habían dado su primer beso. Nunca había tenido la dicha de ser correspondida. Estaba muerta de miedo y a la vez me sentía muy feliz.
—¡Anely!
Me giré de golpe para encontrarme con la mirada ceñuda de mi hermanastra.
—¿Qué sucede contigo? ¿Por qué te fuiste así?
—Lo siento, necesito estar sola —dije—. Nos vemos en casa —me di la vuelta, dispuesta