La casa se había quedado con una respiración contenida, como si todos los muebles y los cuadros supieran que algo había cambiado y prefirieran no hablar de ello. Después de la partida de Hugo la finca había intentado recomponer su rutina; los platos se habían retirado, las luces se habían atenuado y cada cual, a su manera, se había recluido en su cuarto como si no hubiera pasado nada. Pero la normalidad era solo una cortina; detrás de ella bullía una tensión que no permitía dormir tranquilo.
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