La noche cayó sobre la finca como algo pesado que tarda en decidirse: primero una penumbra húmeda que se pegó a las tejas, luego el silencio abrupto del las jardín, donde solo los grillos y el rumor del agua en la pileta osaban romper la calma. En la cocina, las luces altas ardían con una blancura doméstica; el reloj de pared marcaba las horas con una indiferencia que dolía.
La madre de Isabel había pasado el día con la paz que regala la mejoría: pequeñas sobremesas, la siesta en la sala, una r