Miró a su alrededor sin prisa, con el ojo antiguo de quien ha trabajado en casas ajenas y sabe cuándo se espera algo y cuándo se corre peligro. La sala estaba vacía. No se oían risas en la cocina, ni el taciturno zumbido del cuarto de invitados. Incluso el reloj del pasillo parecía haberse amansado. Carmen aspiró hondo y el aire le entró con olor a jabón, a loción de vainilla, a medicación. Todo estaba en su sitio. La señora Rojas dormía con la boca entreabierta, como quien confía en que la noc