Transcurrieron dos semanas que, a simple vista, parecieron normales para cualquiera que observase la vida de Alejandro desde fuera: reuniones, llamadas, viajes relámpago, firmas en documentos con sellos y nombres que abrían puertas. Pero bajo esa fachada de ejecutor implacable, su cabeza no dejó de orbitar en torno a otra cosa: Isabel.
En la oficina trabajó con la misma intensidad de siempre; presidió juntas con la verticalidad de quien controla imperios, rechazó propuestas menores y aprobó inv