Alejandro estaba de pie, ante la mirada atónita de todos los presentes, sin mover un músculo. Los ojos de Isabel se fijaron en él, buscando entender qué estaba sucediendo.
La gente observaba, los abogados estaban callados, el juez frunció el ceño, como si no comprendiera qué estaba ocurriendo. El rostro de Alejandro mostraba una determinación sombría, pero sus ojos, esos ojos que Isabel conocía tan bien, brillaban con algo diferente: una mezcla de desesperación y una extraña y silenciosa rendic