Salvatore Gianluca
¡Maldita sea!
Ese cálido aliento que atravesaba mis fosas nasales, esa respiración agitada y sus labios temblando me incitaban al placer. No me pude resistir y terminé plantando mis labios sobre los suyos, pero Roxanne se resistió y dio dos pasos hacia atrás, dejándome la boca estirada.
—¿Qué te pasa, Salvatore? —Roxanne me miró furiosa; sus ojos ardían como fuego.
—Te deseo.
—¿Qué? —Se echó dos pasos hacia atrás y negó con la cabeza—. ¿Me deseas? ¿Lo único que te inspiro es