Salvatore Gianluca
Al ver a esos hombres frente a mí, supe que mi destino estaba escrito. Di dos pasos hacia adelante con cautela. Sus ojos eran como verdugos acechando mis movimientos, y por un momento llegué a pensar que ese sería mi fin.
—¿Quién los mandó? ¡Respondan! —grité.
Dos de los hombres se rieron entre ellos, pero nadie dijo nada. Eso sí que era una verdadera tortura; odiaba el silencio y la incertidumbre.
De repente, la puerta principal se abrió lentamente, y el chirrido de unos tac