En la cafetería, los pocos asistentes comenzaron a salir corriendo en desbandada, dejando un vacío opresivo que amplificaba la tensión. Antonella y yo nos mirábamos como dos cazadores al acecho, midiendo cada movimiento, cada respiro, mientras nuestros ojos no dejaban de amenazarse.
—¿Vas a matarme aquí, Salvatore? —preguntó con los labios temblorosos, aunque intentaba mantener la compostura.
Sin responder, llevé mi mano al cinturón y saqué mi arma frente a sus ojos.
—¡Sí! —dije con firmeza,