Roxanne Meyers
Las horas pasaban y Salvatore no regresaba, y una creciente angustia me invadía. Me abracé a mí misma, mirando hacia el camino con la esperanza de verlo aparecer en cualquier momento. Gloríe se acercó y me ofreció una taza de café.
—Señorita Roxanne, está haciendo frío; beber algo caliente le ayudará.
—Gracias, Gloríe. ¿Te tomas un café conmigo? —le pregunté mientras aceptaba la taza. Ella asintió.
—Sí. ¿Está preocupada por el señor Salvatore?
—Sí, un poco. No me gusta estar lejo