Salvatore no dejó de abrazarme ni un solo momento. Ese calor nuevo y extraño que irradiaba de él me reconfortaba tanto que terminé quedándome dormida en sus brazos durante el trayecto en helicóptero. No sé cuánto tiempo pasé dormida, pero comencé a despertar al sentir sus grandes manos acariciando suavemente mis mejillas.
Me enderecé lentamente, aún recostada en su hombro, y al intentar moverme, solté un pequeño quejido de dolor por la incomodidad. De pronto, el ruido del helicóptero me indica