Mujer descarada.
Frente al espejo, observando el vestido negro intenso que se ajustaba a sus curvas de forma sutil, elegante, que resaltaba su tez y le daba un toque de misterio y seducción, estaba Aylin sonriendo, satisfecha por su elección, sin embargo, estaba empezando a sudar por la lucha que tenía con el cierre, ya que sus manos no alcanzaban y comenzaba a sentirse incómoda.
—Debí escoger algo menos complicado. Se vería tonto que llame a una empleada. Vamos, Aylin, siempre has podido hacerte todo tú misma—