Hermosa luna de miel.
Le sentenció juguetona, mientras lo señalaba con su dedo acusatorio.
— En mi defensa diré, que estabas muy salvaje, y gemías tan fuerte que hasta el piloto en la cabina te pudo escuchar—. Con su acostumbrado gesto se encogió de hombros. — Tengo testigos.
—Solo alguien tan poco romántico como tú podría hacerle esto a una mujer —. Fingió estar molesta, pero en realidad estaba maravillada.
Se levantó de la cama como una niña hiperactiva y se miró en el espejo. Llevaba puesta la camisa blanca que