NARRA EMERSON
Habían pasado unas dos horas y aún no teníamos noticias. Berenice estaba muy nerviosa y la comprendía. Estaban en juego dos vidas. Aunque no debíamos ser pesimistas, el miedo estaba latente.
—¿Cuánto más tardarán? —preguntó por enésima vez mi novia.
—No lo sé, cariño —contesté llevando a mi boca al cuarto vaso de café de la madrugada —o mañana mejor dicho—. Iré a llamar a Michael —avisé y asintió.
Marqué el número de mi tío y, una vez que me comuniqué con él, le avisé que me i