Analisse
Cuando llegamos a la mansión de Dimitri, no pude evitar quedarme boquiabierta. El lugar parecía sacado de una película de telenovela rusa, majestuoso y elegante. Los altos ventanales, los candelabros de cristal, los techos ornamentados y los delicados jardines perfectamente cuidados eran simplemente envidiables. Mi esposo, que me llevaba de la mano, apretó mis dedos con firmeza mientras avanzábamos guiados por el guardia de seguridad. Había varios coches de lujo estacionados en el gran