—Aubrey, ¿no puedes esperar? La cena todavía no llega y tú ya quieres el postre —la miro serio y ella se encoge de hombros, con esa actitud de desinterés que ha perfeccionado—.
—¿Por qué dejar lo mejor para el final? No entiendo —insiste.
—No se trata de "dejar lo mejor para el final" —imito su voz chillona, y ella me mira con los ojos entrecerrados. Es idéntica a su madre biológica en la testarudez—. Se trata de que primero tienes que comer tu comida para luego comer el postre.
—¿Y qué estamos