Los ojos de Gianna se elevaron a él cuando por un momento se quedó en silencio, y aunque sabía que había sido más que un atrevimiento besar el dorso de su mano, ella no supo de qué otra forma poder consolar su dolor.
Y fue una necesidad hacerlo.
—Enzo… ahora tienes a tus hijos… ellos te necesitan… porque… estoy aquí porque aún los quiere, ¿no es así?
El pecho de Enzo solo se comprimió.
¿Cómo iba a decirle?
—Gianna… —pero ella parpadeó como si recordara algo.
—Espera… ¿Cómo te enteraste de todo