28. CONTINUACIÓN
La idea de que aquellos lobos no fueran el mayor peligro que rondaba por allí hizo que creciera un nudo en mi garganta. Me limité a asentir y seguir los pasos de la abuela mientras ella volvía a hablar con el encargado del pasaje. Esta vez, la nota en su tono era más autoritaria y decidida. Y yo, sin más preguntas, me refugié en la seguridad que siempre parecía irradiar.
Por fin nos fuimos a una ciudad cerca de la capital. Alquilamos una pequeña casa, nada grande. La abuela se defiende bien ve