27. LA SEÑORA IGNACIA
Ignacia se quedó mirándome por un largo rato; sus manos arrugadas se tensaron sobre el delantal y su expresión pareció endurecerse. Hubo un leve destello en sus ojos que no supe descifrar.
—Hija, a lo mejor me crees loca como todo el pueblo, pero yo los vi con mis propios ojos. Hay hombres lobo entre nosotros: durante el día son humanos, y en las noches se transforman en lobos —asegura con firmeza—. Así que no salgas de noche por ningún motivo, ¿me escuchas? Neri no me escuchó, se enamoró de un