Melor
El timbre de la puerta principal resuena por toda la casa, pero no tengo ganas de compañía. Quienquiera que sea puede esperar o, mejor aún, irse.
De camino, me veo reflejado en el espejo. Hombros anchos, músculos definidos y un cuerpo aún en forma. Las cicatrices cuentan historias que no me interesa revivir: una en mi costado, de una pelea con cuchillos en Moscú; otra en mi brazo, una bala que pasó demasiado cerca. Los tatuajes de la Bratva grabados en mi piel son un recordatorio permanente de quién fui y de quién sigo siendo bajo la superficie.
Frunzo el ceño al verme. He estado trabajando demasiado últimamente —reuniones, tratos, logística—, tanto que he estado descuidando el gimnasio, aunque esté en el sótano. No hay excusas. No puedo permitirme un desliz, no en el mundo en el que vivo.
Niego con la cabeza y me meto en la ducha. El agua caliente me acaricia la piel, eliminando la suciedad de la carrera, pero no la tensión que se me ha instalado en los hombros. El vapor llena