Amelia
El día finalmente está llegando a su fin.
Son las 3:30, y los últimos clientes de la tarde ya se han ido, dejando la panadería en silencio, salvo por el zumbido de los hornos. Estoy agotado, pero es el mejor cansancio. Ese en el que sabes que lo has logrado.
Ahora llega una de mis partes favoritas del día: reunir lo que sobra para Santa Marta, el refugio para mujeres a un par de cuadras. Se ha convertido en mi estilo, donar lo que no vendemos. El único problema hoy es que hemos vendido tanto que casi no queda nada. Un buen problema, supongo, pero odio la idea de llegar casi con las manos vacías.
Me apoyo en el mostrador, tamborileando con los dedos y pensando. No es mucho, pero no pienso saltarme la visita al refugio solo porque tuvimos un día fatal. Quizás pueda preparar algo rapidísimo, cualquier cosa para aumentar la oferta. Esas mujeres se lo merecen.
Agarro una caja y comienzo a empacar lo que queda, mi mente ya está dando vueltas con ideas de qué hacer.
Miro hacia atrás y