Entro con el pulso acelerado. He recorrido cada rincón de este hotel… excepto este. Cruzar estas puertas es atravesar una frontera invisible.
El ruido del casino queda atrás. Espejos, acero pulido, silencio.
Capturo nuestro reflejo: él, sólido y dominante; yo, aún descubriéndome.
—Te veo luego —dice, besándome bajo la mandíbula—. Escríbeme si necesitas algo.
Me besa una última vez y las puertas se abren en el piso sesenta y uno.
Salgo. Miro atrás justo antes de que se cierren.
Luego estoy sola.