El ascensor se detiene con un suspiro hidráulico.
Las puertas se abren.
Y ahí están.
Dos hombres apoyados en la barandilla del nivel inferior del casino, inmóviles, vigilantes. No fingen ser clientes. No fingen nada. Sus miradas barren el espacio con precisión militar, deteniéndose apenas una fracción de segundo más cuando nos ven salir.
El cuerpo de Anatoly se tensa a mi lado.
Su mano roza mi espalda baja, apenas un contacto, pero cargado de intención. *Avanza*, me dice sin palabras. *No te quedes atrás.*
Doy un paso al frente.
El brillo del casino es casi insultante después de la oscuridad del ascensor: luces doradas, fichas tintineando, risas forzadas. Todo sigue funcionando como si nada estuviera mal. Como si no hubiera una grieta abriéndose justo bajo nuestros pies.
—Demasiado confiados —murmura Anatoly, apenas moviendo los labios.
Lo son.
Y eso es lo que me inquieta.
Uno de los hombres se separa de la barandilla. No se acerca del todo. Mantiene la distancia justa para no provoca