En cuanto me soltó y se fue, yo me sentí sofocada allí, sobrepasada. Así que salí de la casa y recorrí los amplios jardines hasta que los aterrados latidos de mi corazón retomaron su ritmo habitual.
Entonces me senté sobre el césped con las piernas cruzadas. Las manos aun me temblaban. Ella era aterradora. Anne aunque acida y mala conmigo, no era nada en comparación con Lila. La expresión dura y afilada de Anne no me intimidaba demasiado, podía soportarlo; pero, la mirada dulce y la actitud ap