Apoyé la barbilla en la palma de la mano y, desde la barandilla de las escaleras, observé como el señor Riva dejaba la mansión para visitar Odisea, como rutinariamente hacía.
Junto a él, estaba Anne. Solo vestida con una ligera bata de seda plateada, con el corto cabello cubierto por un gorro.
—Estaré esperándolo despierta, mi Señor —le dijo con obediencia.
Él se colocó el sombrero y tomó su abrigo de piel. Frente a la casa, un coche ya lo esperaba.
—Sabes que te he permitido quedarte e