Bajé los ojos hacia mi bebé, dormía plácidamente con los labios un poco abiertos. La mano de Rafael acarició mi mejilla, luego descendió por mi cuello y clavículas, hasta rozar de nuevo la cabeza de mi hijo.
—Confiésalo, Dulce. Di que este niño es mío.
Apreté ligeramente los labios, deseando no decir nada. Sin embargo, ¿quedaba otra salida? Resignada, alcé los ojos y los clavé en los de mi esposo.
—¿Puedes... llevarnos a casa primero? Hace frio aquí.
Rafael me miró un momento, y por fin