El frío de la mañana rozaba el rostro de Carolina, que se asomaba a la ventana. Escuchó que la puerta se abría, pero no giró. Pensó que era la enfermera con el desayuno, como todos los días.
—¡Déjelo en la mesa, por favor! —dijo antes de que se anunciara.
—¿Que deje qué? —escuchó la voz de Hyden y su cuerpo no reaccionó, aunque se tensó. Su brazo enyesado incluso empezó a doler; quizás era su cuerpo resistiéndose a la idea de que debía terminar la relación inexistente que había entre los dos.
Estaba dispuesta a todo, pero no sabía qué decir. Su corazón se aceleró y su voz no salía. Tardó unos segundos en armarse de valor.
—Necesitamos hablar, Carolina —escuchó, y se giró. Por un momento pensó que se desmayaría, pero una oleada de calma atravesó su pecho cuando vio llegar de forma inesperada a Lucas.
—¡Ya llegaste, cariño! —dijo Carolina de la nada, dejando a Hyden totalmente desconcertado, mientras caminaba hacia su antiguo guardaespaldas y se colgaba de su brazo.
—¿Qué significa esto