Hyden no recordaba cómo había llegado a la mansión de su abuelo.
Solo recordaba el sonido de la puerta del hospital cerrándose a su espalda.
La voz de Paula, quebrada, suplicando que no lo dejaran pasar.
Y la certeza —cruel, absoluta— de que no lo quería allí.
—No quiero verlo.
No fue un grito.
Fue peor.
Fue una decisión.
Desde entonces, algo dentro de él se había desmoronado sin hacer ruido.
El despacho de su abuelo estaba casi a oscuras cuando entró. La única luz provenía de una lámpara antigua, de esas que no iluminan del todo, como si respetaran el peso de lo que allí se habla.
El anciano estaba sentado, con un vaso entre las manos. No preguntó nada. No lo miró con reproche. Solo esperó.
Hyden se dejó caer en el sillón frente a él.
Durante largos segundos no dijo una sola palabra.
El silencio se hizo pesado y su abuelo lo siguió observando, no con dureza. No con juicio.
Con esa mirada antigua de quien ha visto demasiadas guerras internas como para interrumpirlas antes de tiempo.
H