Sin dejarme decir nada, Israel colocó una palma en mi espalda y me empujó por la calle, caminando a mi lado. Me llevó hasta un bar, y después de hacerme sentar en una alejada mesa, pidió una cerveza.
—¿Gustas algo, Suzy?
Lo miré con desprecio y él sonrió.
—Ah, claro, no puedes. Esperas al hijo de ese bastardo.
Cuando el mesero le trajo su cerveza y él la bebió de un trago, al fin habló:
—Realmente me hiciste enfadar ese día, esperaba contar contigo. Fue decepcionante y creí que habías